26 de marzo de 2012

El día 56.

He visto la misma película, tantas y tantas veces ... me la se ya de memoria. Se cuando toca llorar, se cuando toca reírse, se cuando llega la decepción ... Nada me es ya nuevo. Ya no hay sorpresa.
Lo único que no paran son los días. Da igual la fiebre, da igual el dolor, da igual el desgarro, da igual la pena ... ¡¡hasta el miedo da igual!! Los días no paran ni esperan a nadie. Pase lo que pase, por muy importante que sea el evento. Siempre hacia delante y sin mirar atrás o a los lados. Adelante, adelante, adelante ...
Estadísticamente da igual lo que patalee. Me puedo pasar el resto de mi vida pataleando y llorando como la rabieta de un niño pequeño, pero va a dar absolutamente igual. Nada va a servir de nada al final. Ni las alegrías ni los llantos. Nada.
Entonces, ¿para qué? la pregunta más importante de todas, superando incluso al famoso "¿por qué?" ... ese para qué que nadie será capaz de responder jamás. Ese para qué, que aunque hagas miles de hipótesis, nunca podrás contrastar ninguna. Ese para qué que a pesar de ser la clave, seguimos ignorando y nos conformamos sin respuesta. Seguimos adelante sin saber para qué seguimos adelante.
Todavía me queda mucha sangre que escupir. Mucha vida que malgastar. Muchas lágrimas que derramar. ¿Para qué?
Para terminar por primera vez en mi vida lo que he empezado. 900 días.