La impaciencia brota como los tallo de cebada florecen. Al principio todo es calmado y apacible. Luego los problemas parecen salir de su escondrijo y abalanzarse encima tuyo queriendo desgarrarte las venas del cuello. Todo se vuelve oscuro, la gravedad parece concentrarse en tus hombros, las nubes parecen ennegrecerse encima de tu tejado ... La esperanza muere junto con tu fe de terminar lo empezado.
Nada ni nadie puede salvarnos ahora. Solo nos queda esperar a que la muerte sea rápida e indolora. Solo nos queda llevar rosas una vez al año a las coordenadas de la desgracia. Pedir limosna en la puerta donde se ofreció la misa del funeral. Rezar cada noche antes de irse a dormir.
La agonía tapona tu garganta y se mezcla con tu lengua en cada palabra, cada gesto, cada acción ... Tus ojos se cubren por una sábana empapada en sangre y empiezan a llorar. Tus labios se pintan de muerte chorreada. Tu destino se ha fijado para siempre, y tú solo puedes ver los carteles de la ciudad que apuestan por tu cabeza. Lo negro se vuelve la norma y no la excepción.
No obstante el aire sigue teniendo la misma concentración de oxígeno. El Sol sigue guardando a los pájaros y la Luna sigue aullando cada noche. El giro de la Tierra permanece constante. El hielo saluda por las noches y fluye por las mañanas. El mar aún está salado. Los melones aún se comen en verano. Cientos de cerezos en flor adornan las calles en primavera, los girasoles siguen mirando al Sol, los grillos siguen cantando en la orilla del camino, cada perro ladra con la presencia de un extraño, la lluvia sigue callendo verticalmente, las agujas del reloj marcan el tiempo incesantemente, cada corazón vive sigue bombeando sangre ...
Todo sigue igual. Nada a cambiado. Todo va bien. ¿Cuál es el problema entonces? ¿Qué tan importante es estar muriendo en vida? Solo espera a terminar lo que has empezado. Y entonces llora lo que no has llorado.