3 de febrero de 2012

El día 6.

El arrepentimiento es para los cobardes. El razonamiento es para los inteligentes. La incertidumbre es para los incrédulos. Y el rencor es para los perros abandonados en tierras extrañas.
Me dieron de comer la palma de la mano abierta. No firmaron ningún contrato, pero todas las premisas estaban muy claras. No obstante la letra pequeña fue obviada. En la letra pequeña se detallaba específicamente el momento de la defunción. La hora, el lugar y el regalo que cada asistente tendría que llevar al funeral. La música de fondo vendría de mano de las "Spice girl" y estaría prohibido asistir con atuendos de manga larga. Habría que pasar frío, hasta el punto donde las gradas no sintiesen sus brazos.
Las tonterías que he hecho. Las que haré. Y las que estoy haciendo. Conceptualmente las tonterías son cosas de tontos. No obstante no soy tonto por mucho que intente hacérmelo. Esa sonrisa estúpida de tonto me empieza a quedar grande. Cada vez que recuerdo esas caras de sospecha que gritan "¿Tú eres tonto?" me hierve la sangre y mis venas se oscurecen. No. No soy tonto, pero en la naturaleza hay dos formas de sobrevivir. La primera es hacerse el tonto. La segunda es serlo. Lo siento, pero no soy tonto. Habría muchas cosas que cambiaría de mi nacimiento, empezando por su mera existencia.
Cada vez que recuerdo el pasado me empeño en intentar cambiarlo en mi cabeza. Moldear mentiras que ni yo mismo a veces soy capaz de creer para crear mi otra realidad. Un realidad donde se pierde el tiempo del presente pensando en el pasado, y se planea el futuro evitando ser realista.
Mi vida se sujeta por alfileres atravesados en mis dedos. En el vacío desolación y tristeza. Arriba mentiras y estafa. A los lados la salida y la entrada, compartidas por el mismo hueco.
Cada rayada, cada frase, cada gargajo de maldad solo sirven para perder el tiempo tirado en mi ataúd mullido. Exagerando la vida que nunca seré capaz de vivir. Imaginando las hazañas que nuca seré capaz de sufrir. Sufriendo por las penas que no me corresponde llorar. Todo se basa en lo que yo quiera hacer con mi vida.
Lo que si que está claro es que las sonrisas tienen fecha de caducidad, y muy corta esperanza de vida. No se pueden obtener los mismos resultados haciendo las mismas cosas. Toca cambiar. Toca evolucionar. Es el momento. Se acaba este cuento. Para los dos.