4 de abril de 2012

El día 66.

Cada vez que muero, vuelvo a la vida con la fuerza del último final. Morir es lo más doloroso que he experimentado jamás. El dolor de cada intento supera siempre a la última vez. Es cíclico. Se va repitiendo. Mi corazón se para, pero la sangre no deja de pasar. Una pinzada me atraviesa los pulmones y la primera que se rinde al dolor es mi espalda. Una vez en el suelo empieza la agonía. Los intentos por revertirlo son siempre inútiles. Cierro los ojos y me vendo. Dejo de pelear. Muero.
Luego otra vez volvemos a la misma historia. Cables atravesando mi carne. Luces deslumbrando mis pupilas. Ángeles en bata blanca a mi alrededor. Me miran con cara de reproche. Como si hubiese sido mi culpa. Como si yo quisiera estar allí.
Al final me regañan como a un niño pequeño que ha vuelto a abusar de las chucherías. Me dan unas palmaditas en la espalda y vuelvo a casa otra vez. A empezar mi nueva vida. A jurar que esa vez será la última vez. A gritarle a las paredes oscuras.
Lo que ningún médico ha recetado aún es la pastilla para dejarme ir en paz. La pastilla del perdón. La que me haga escribir la última poesía. La que corte por la sano.
Hasta otro día nene. Ve en paz, de verdad. No me repitas más tu nombre porque ya me lo se de memoria. Vamos a coser hojas de papel de los dientes.