¿Qué remedio que seguir respirando? Días de tormento se supone que compensan segundos de felicidad. Felicidad que es mentira. Que descansa en la envidia. En la ilusión. En el olvido. En el pasado.
Antes de terminar de perder la cabeza prefiero acabar en el fondo del mar.
Si ya no merece la pena ni amanecer ni escribir, ni levantarse, ni comer, ni dormir ... ¿qué queda? Cadáveres mirándome con cara de odio. Sábanas sucias esperando en una cama partida por un gigante de hielo. Segundos que se me deben pero que jamás se me pagarán. Un reloj que avanza sin avisar de su marcha. Pergaminos acumulados en la mesa esperando a que les llegue la hora.
¿Con qué ojos voy a llorar a mis seres queridos cuando mueran? Si después de esto mis ojos se van a secar. No voy a poder volver a levantar la cabeza jamás. El aire no se colará por mi nariz como antes.
Todo se ha podrido. La maldad de un 90 ha florecido por fin. Da igual donde me esconda. Da igual al continente que huya. Siempre vendrá detrás de mi. Porque soy yo mismo.
¿Te acuerdas cuando íbamos por la calle y un golpe seco calló mi filosofía? A la izquierda un hombre tirado en el suelo, casi ni podía moverse, y la rueda de una moto estaba parando de girar unos pocos metros más allá. Mi cara torno de color. Tu cara se preguntaba qué había para cenar esa noche.
No es sencillo dejar de dormir. Pero esta vez es necesario para sobrevivir.
